¿De dónde viene la palabra “señuelo”?

Muchos somos fanáticos de su uso, pero pocos sabemos de dónde nace la palabra con la que los denominamos. Procede del latín signum, que significa “señal” y que, a su vez, nace de una antigua raíz indoeuropea, sek, que significa “seguir”. Es que eso es, ni más ni menos, que el objeto de una “señal”, que alguien la obedezca, la siga, como cuando encontramos un cartel de curva en una ruta.

De signum, a su vez, se generaron palabras que usamos mucho en castellano, como signo (objeto de hace que mentalmente “sigamos” a otro, como la cruz es símbolo o señal del cristianismo), asignar (“señalar” lo que le corresponde a uno), designar (“señalar” a alguien para un fin) o insigne (célebre, que merece ser “seguido”). ¿Y qué tiene que ver esto con “señuelo”, Saavedra? No te apures.

El “señuelo”, originalmente una figura que se colocaba para atraer a los halcones, es por definición  un objeto que que sirve para “atraer, persuadir o inducir, con alguna falacia”, según la Real Academia Española. Tomá.

Y esto es lo que sucede, precisamente, con nuestros mágicos artificiales: los miramos, compramos, enganchamos y jugamos con ellos en el agua para que atraiga a un pez que los ataque y, sin notarlo, se encuentre con que no es algo natural sino que escondido lleva triples o simples con los que quedará atrapado, aunque, luego, siempre lo recomendamos, se lo retorne lo más rápidamente posible a su medio.

En inglés, en cambio, “lure” (señuelo) proviene de uno de los dialectos alemanes antiguos, “luoder”, que significa “carnada”. La simplicidad del idioma de Shakespeare hace que “lure” también sea el verbo (engañar, pescar o engancha con un señuelo) mientras que en castellano, aunque nos guste la práctica, no existe nada parecido a “señuelear”. Cosas del idioma. Cosas de señuelos.